Había una vez una chica buena y modosita, con trenzas y todo, lentes de vidrio de sifón y boca electrificada de brackets. Le decían Patito Feo. Había también una vez una chica perversa y pendenciera, pero monísima. La llamaban Antonella. En cualquier cuento de hadas que se precie, el público haría fuerza por la heroína desvalida.
Pero esto no es un cuento, sino una de las ficciones más exitosas entre el público preadolescente –en el debut de su segunda temporada, por Canal 13, de lunes a viernes a las 18, llegó a marcar 14,9 puntos de rating– y esto no es la Europa del siglo XVIII. Quizá por eso nada funciona aquí como en el esquema del cuento clásico ni tan siquiera como en “Betty, la fea”, exitosa telenovela de la que Patito es una suerte de versión teen.
Aquí, como reza el estribillo de la canción que popularizaron la pérfida Antonella y sus secuaces, “mandan Las Divinas”. Aquí, un look mal elegido, unos dientes desparejos o un par de kilos de más pueden ser el pasaporte a las burlas, primero, y al aislamiento, después. Aquí se discrimina ya no sólo a las no tan “divinas”, sino también a una mujer que –como sucede con la madre de Patito en esta segunda temporada– engorda a raíz de un embarazo y desde entonces no deja de ser hostigada por las dueñas de la moral fashion.
Aquí la segregación deviene en modelo estético –lo popular vs. lo divino–, y se corea “Fuera feas, fuera feas/ para ustedes no hay lugar” con la tranquilidad de quien entona la “Canción de la Alegría”. Los teatros explotan cuando las lindas salen a escena. Un fenómeno digno de reflexión.







1 comentario:
Si les hace sentir mejor, a mi patito feo me parece una mierda.
Eh? como llequé aquí?
Saludos
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